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jueves, junio 24, 2021
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En Italia, los sobrevivientes de la pandemia llevan cicatrices invisibles

La culpa, el enojo y dolor son emociones constantes en Bérgamo, uno de los epicentros de la crisis sanitaria en el país.

NEMBRO, Italia — Todos los lunes por la noche, en la región del norte de Italia que quizá registró la mayor tasa de muertes por coronavirus en toda Europa, una psicóloga especializada en estrés postraumático dirige sesiones grupales en una iglesia.

“Ha tratado a sobrevivientes de guerra”, indicó el Reverendo Matteo Cella, el párroco. “Dice que la dinámica es la misma”.

El virus estalló primero en Bérgamo. La provincia que le dio a Occidente una vista previa del horror que se avecinaba —hospitales saturados y convoyes de ataúdes— ahora sirve como una postal perturbadora de las secuelas postraumáticas.

Memorial candles in November in the cemetery of Alzano Lombardo, which was hit hard by the pandemic in March. (Fabio Bucciarelli for The New York Times)

Memorial candles in November in the cemetery of Alzano Lombardo, which was hit hard by the pandemic in March. (Fabio Bucciarelli for The New York Times)

En pueblos pequeños donde muchos se conocen entre sí, hay recelo de otra gente, pero también síndrome del superviviente, enojo, dudas sobre decisiones trascendentales y pesadillas sobre últimos deseos no cumplidos.

Hay una ansiedad generalizada de que, con el virus de nuevo al alza, los pueblos de Bérgamo serán campos de batalla olvidados de la primera gran ola, que sus muertos se convertirán en nombres grabados en otra placa oxidada.

Más que nada hay una lucha colectiva para entender cómo el virus ha cambiado a la gente.

“Quiero estar más sola”, dijo Monia Cagnoni, de 41 años, quien perdió a su madre a causa del virus y luego desarrolló neumonía, mientras se sentaba alejada de su padre y su hermana en la escalera de la casa familiar.

Su hermana, Cinzia, de 44 años, que preparaba café en la cocina, tuvo el impulso contrario.

Necesito a la gente más que nunca”, afirmó.

Bérgamo, al igual que todos lados, ahora enfrenta una segunda ola del virus. Pero su sacrificio la ha dejado mejor preparada que la mayoría de los lugares, a medida que la amplia tasa de contagios de la primera ola les ha dado una cierta inmunidad a muchos, afirman doctores.

El personal médico de Bérgamo ahora recibe pacientes de fuera de la provincia.

Sin embargo, aun cuando el contagio los amenaza desde afuera, las heridas de la primera ola los carcomen por dentro.

Hablar sobre estas cosas no es fácil para los habitantes del corazón industrial de Italia. Prefieren hablar de trabajo.

En el poblado de Osio Sopra, Sara Cagliani, de 30 años, no puede superar el no haber cumplido el último deseo de su padre. Un rótulo en la cerca de su casa reza, “Aquí vive un soldado alpino”.

Cuando inició la crisis del coronavirus, su padre, Alberto Cagliani, de 67 años, ofreció su ayuda, y le dijo a su hija, “’recuerda, soy un soldado alpino, y acudimos en una emergencia’”.

Tras retirarse como trailero, había trabajado como voluntario en una funeraria, recorriendo la provincia para recoger cuerpos. En febrero, se volvió a ofrecer como voluntario, pero esta vez el número de cuerpos era abrumador.

El 13 de marzo, un dolor en el hombro derecho se extendió a su espalda baja. Su voz se debilitó. Murió de Covid el 22 de marzo con agua en los pulmones.

Su último deseo era ser sepultado en su traje de soldado alpino, y su hija intentó cumplirlo, enviando el uniforme verde a la funeraria. Los empleados de la funeraria lo devolvieron, explicando que el temor al contagio hacía imposible vestir los cuerpos.

“Haberlo puesto en una bolsa, ése es mi mayor remordimiento”, dijo Sara Cagliani con los ojos llorosos, y agregó que había empezado a ver un psicólogo y que la tragedia había cambiado a muchos en su pueblo muy unido.

“La gente tiene miedo de verse unos a otros”, aseveró. “Hay una falta de afecto, de contacto y abrazos”.

Otros están atormentados por las terribles decisiones que el virus los obligó a tomar.

A mediados de marzo, Laura Soliveri empezó a cuidar a su madre, quien desarrolló síntomas de Covid en Brignano Gera d’Adda. Los médicos dijeron que no tenían cubrebocas y que no irían a revisarla. Su hermano, un farmacéutico, le advirtió que no permitiera que su madre fuera llevada a un hospital, porque la familia no volvería a verla.

Soliveri, una maestra de 58 años, buscó tanques de oxígeno en toda el área para calmar la necesidad de oxígeno de su madre que respiraba con dificultad. Por fin hallaron uno y su madre mejoró.

Luego el esposo de Soliveri, Gianni Pala, también contrajo el virus. Ella y su familia batallaron para hallar más oxígeno, esta vez para él. Su condición se deterioró y requirió hospitalización. Murió el 5 de abril, a los 64 años. Su madre, de 85 años, sobrevivió.

“Mi madre tenía el oxígeno, pero no podíamos quitárselo para dárselo a él”, recordó Soliveri, que también ha empezado a ver a un terapeuta, a tomar antidepresivos y a juguetear con la argolla matrimonial de su esposo. “Yo lo habría hecho”.

Otros han encontrado formas autodestructivas para lidiar con ello.

Médicos en el hospital Pesenti Fenaroli dijeron que habían visto un aumento en pacientes con problemas de abuso de sustancias. Por toda la provincia, psicólogos han reportado un incremento en ansiedad y depresión.

Las enfermeras ya no son objeto de muestras de afecto. La gente había dejado de llamarlas para expresar solidaridad y para preguntar cómo estaban sobrellevando la situación. En vez de ello, los pacientes llamaban furiosos por la cancelación de citas para otros procedimientos.

En julio, en Piazza Pontida, donde las pancartas de “Somos Bérgamo” colgaban de manera desafiante de los edificios, Roberta Pedretti, de 52 años, salió para tomar un aperitivo con otras enfermeras con las que había hecho amistad durante la crisis. Volteó a ver a la gente que llenaba los bares y restaurantes.

“Bérgamo está tratando de regresar, pero está lleno de miedo”, dijo en ese entonces. “Se vieron demasiados cadáveres. No puede ser como era antes”.

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